París, París… ¿nos vamos a sumar a la hipocresía mundial?

Es inevitable, y es correcto, que nos sintamos horrorizados por los atentados terroristas de París que han producido la muerte de cientos de personas inocentes, como es correcto que expresemos nuestra solidaridad con esas víctimas y con sus familias, y, por supuesto, que condenemos esa forma de actuar del llamado Estado Islámico… Pero no podemos dejar de preguntarnos -y respondernos- unas cuantas cosas para no caer en la hipocresía de gobiernos y personalidades que se limitan a maldecir y amenazar.

La primera pregunta que nos tenemos que hacer es por qué no cunde el mismo horror y el mismo sentimiento de condena cuando todos los días es mayor el número de gente inocente que es víctima de una violencia igual o peor que la de París en países como Siria o Líbano, o hace poco en Libia, o hace más en Afganistán y en Iraq. ¿Será que por tratarse de árabes sus muertes injustificables nos merecen menos horror que las muertes injustificables de europeos? ¿O les vamos a echar a ellos y ellas la culpa de los pecados que cometen sus gobiernos -que a fin de cuentas son por lo menos equiparables a los pecados del Gobierno francés, que hace cinco días empezó a bombardear Siria, fingiendo que así castigaba al Estado Islámico-?

En segundo lugar, ¿nos hemos preguntado de dónde salen esos sujetos desalmados, fanáticos y psicópatas de los que se vale el Estado Islámico para sembrar el terror? ¿Será que el Islam produce de por sí ese tipo de personas decididas a morir a cambio de matar? ¿No será más bien el resultado de la desesperación generada por condiciones de vida esencialmente deshumanizantes, por la opresión, el abandono y el terror vividos desde la infancia en países humillados, invadidos, ofendidos y brutalmente maltratados por « potencias occidentales” (o en su momento en Afganistán por la exUnión Soviética)?

Siempre hemos sabido que no es suficiente condenar a los criminales -y a los delincuentes en general-, sino que es imprescindible entender cuáles son los factores que generan la delincuencia y el crimen, pese a lo cual casi siempre nos limitamos a seguir condenando, sin intentar entender, y así es como nunca resolvemos el problema. ¿No sería más serio y más productivo que al mismo tiempo que condenamos los crímenes de París condenemos también a los gobiernos que hace decenios -por no decir siglos- vienen produciendo criminales decididos a suicidarse con tal de matar?
Y la pregunta más grave: ¿Sabemos quién organiza y financia al Estado Islámico, como organizó y financió en su momento a Al Qaeda? Al respecto, quiero citar a Resumen Latinoamericano en su edición del pasado 14 de noviembre: « El profesor  Michel Chossudovsky, economista canadiense y director del

Centro de Investigación sobre la Globalización, en Montreal, ha recopilado 24 verdades que los gobiernos occidentales no quieren que la población conozca acerca de  ISIS  (o Estado Islámico) y  Al Qaeda… ¿Cómo es posible que sigan el juego de los Estados Unidos encaminado a crear un estado mundial policial, pasando por la destrucción de pueblos, culturas ancestrales y restos de antiguas civilizaciones?”.

Y entre esas verdades está la de que fue Estados Unidos el que creó los campos de entrenamiento para Al Qaeda, donde 35.000 yihadistas, procedentes de 43 países islámicos, fueron reclutados por la CIA para luchar en la jihad afgana contra la Unión Soviética. Y Ronald Reagan calificó a esos terroristas como  « luchadores por la libertad”; los mismos que luego, el 11 de septiembre del 2001, protagonizarían el ataque a las Torres Gemelas…

Pues bien, resulta -según el mismo Chossudovsky– que el Estado Islámico o ISIS era originalmente una entidad afiliada a Al Qaeda, creada por la inteligencia de Estados Unidos con el apoyo del M16 Británico, el Mossad Israelí, los servicios de Inteligencia de Pakistán y la Presidencia General de Inteligencia de Arabia Saudita… ¿Qué tal? ¿No sería coherente que a tiempo de solidarizarnos con las víctimas de París denunciemos a los auténticos autores de la masacre? Ustedes dirán.

Rafael Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.



Articles Par : Rafael Puente

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